El  invierno llega a la Sierra de Madrid

19.12.2020

El otoño pasó de puntillas este año por la puerta de mi garaje. El abanico de colores ocres que tamizan los bosques caducifolios no pudo alegrar mis fines de semana. Echaba de menos rodar bajo el cobijo de la temperatura suave del cuarto trimestre del año. Así que cuando el invierno ha llamado a la puerta, la he abierto saliendo a recibirle como se merece. Con los brazos abiertos.

La Sierra de Madrid está llena de lugares mágicos a derecha e izquierda de la autovía de Burgos. No en vano, ha sido escenario de fechorías, batallas y escondite de bandoleros madrileños. Desde ella, se beneficiaban del paso comercial entre Segovia y Madrid, o Burgos y Madrid. El "Tuerto Pirón", el "Chorra al Aire", el "Cabeza Grande" y otros muchos recorrieron los Valles de Lozoya y la Sierra del Rincón antes que nosotros... allá por el siglo XIX y empujados por un Madrid hambriento.

Pero este fin de semana me tocaba a mi, con mis amigos Luis y Edu; menuda cuadrilla de motoviajeros.

La temperatura se intuía baja. Pero no fue obstáculo, sino aliciente. El Puerto de la Morcuera resplandecía cubierto de una ligera capa de nieve. Los cuatro grados bajo cero no se dejaron notar. La especial sensación al respirar, el dolor de manos y el vaho de las gafas me permitieron sentir que estaba vivo. A "bolazos de nieve" volví a la realidad. El reloj apremiaba y teníamos mucho por delante que disfrutar.

El restaurante El Molino, en El Berrueco, nos dio de comer unas migas con huevo frito y algún otro plato "de pueblo". "Son huevos de gallina de verdad, de las que están en el patio", nos repetía su dueño que hacía también de camarero. ¡Y ya lo creo que estuvieron sabrosos! Los pueblos de Madrid, escondidos en la Sierra, guardan lugares con un encanto especial y su gente es amable como ninguna. Nos habríamos quedado adormilados en la chimenea, pero queríamos recorrer la Sierra del Rincón. Nos espera el comienzo del atardecer en lo alto del Puerto de La Hiruela. El sol no se iría sin que lo contempláramos desde ese lugar privilegiado.

Casi en solitario circulamos por las pequeñas carreteras en sentido Norte. Sin prisa. Era tiempo para nosotros. Un paréntesis que le pedimos a nuestra vida de estrés, trabajo, obligaciones y responsabilidades cada fin de semana que arrancamos nuestra moto. Pueblos de casas de piedra, fuentes con el agua congelada, acantilados con avistamiento de buitres, bosques cubiertos de nieve con la luz atravesando entre sus ramas... y conversación. Conversación entre amigos compartiendo ilusiones, conceptos del motor, ideas de vacaciones. Y conversaciones con los habitantes de los pueblos en sus bares, en las que nos cuentan las historias que les rodean.

Comenzó a caer la noche y aún no habíamos llegado a casa. La temperatura bajaba; el frío subía. Y los tres amigos pensábamos: "¿Acaso importa? Es nuestro momento".

(artículo escrito para la revista Motoviajeros.es)

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